Viajar es como leer un libro: vivir muchas vidas en una sola

Hay algo curioso que ocurre cuando volvemos de un viaje.

A veces solo han pasado diez días, pero tenemos la sensación de haber estado fuera durante meses. Hemos conocido personas, probado comidas que no conocíamos, aprendido algunas palabras de otro idioma, perdido algún tren, cambiado de planes, descubierto lugares inesperados y acumulado tantas historias que parece imposible que todo haya sucedido en tan poco tiempo.

Quizá por eso viajar se parece tanto a leer.

Un buen libro consigue que durante unas horas vivamos una historia que no es la nuestra. Conocemos otros personajes, otros lugares y otras formas de pensar. Nos metemos en una realidad diferente y, cuando cerramos la última página, algo de ella se queda con nosotros.

Viajar hace algo parecido, pero con una diferencia importante: no estamos leyendo la historia de otra persona. La estamos viviendo.

Y eso explica por qué determinados viajes permanecen en nuestra memoria mucho después de haber regresado.

Una semana puede contener más vida de la que parece

Nuestra percepción del tiempo no depende únicamente de las horas que pasan, sino también de lo que hacemos durante ellas.

En la rutina, muchos días terminan pareciéndose entre sí. Nos levantamos a la misma hora, hacemos recorridos conocidos, trabajamos, volvemos a casa y repetimos determinadas actividades.

No tiene nada de malo. Necesitamos rutinas y cierta estabilidad.

Pero precisamente porque conocemos lo que va a suceder, los días pueden pasar casi sin dejar huella.

Durante un viaje ocurre lo contrario.

Hay incertidumbre. Cada día puede traer algo diferente. No sabemos exactamente qué encontraremos en la siguiente calle, quién se sentará a nuestro lado en un tren o qué conversación terminará surgiendo en un pequeño restaurante.

Incluso los inconvenientes adquieren otra dimensión.

Perder un autobús en nuestra ciudad puede ser simplemente un fastidio. Perderlo en un país que no conocemos puede convertirse, años después, en una de esas historias que contamos entre risas.

Eso es lo que hace que un viaje parezca tan intenso.

No hemos vivido más horas. Hemos vivido más cosas dentro de esas horas.

Salir de la rutina también nos descubre a nosotros mismos

Cuando estamos en casa, nuestro entorno nos resulta familiar. Sabemos cómo movernos, cómo comunicarnos y qué esperar de las situaciones cotidianas.

Al viajar, muchas de esas certezas desaparecen.

Tenemos que orientarnos, interpretar señales, entender otras normas sociales, pedir ayuda cuando no sabemos algo y resolver pequeños problemas sin contar necesariamente con las comodidades habituales.

Y ahí aparecen facetas de nosotros que quizá permanecían escondidas.

Descubrimos que tenemos más paciencia de la que creíamos o, en ocasiones, exactamente lo contrario. Comprobamos cómo reaccionamos cuando las cosas no salen según lo previsto. Nos damos cuenta de cuánto necesitamos determinadas comodidades o de lo poco que necesitamos otras.

Viajar no siempre nos muestra nuestra mejor versión.

También puede enseñarnos nuestras limitaciones.

Y eso también es parte del aprendizaje.

Conocer otras culturas no consiste en hacer una lista de monumentos

Hay una diferencia importante entre visitar un lugar y acercarse a la vida que existe en él.

Podemos regresar de un país con cientos de fotografías y saber muy poco sobre cómo viven sus habitantes.

Conocer una cultura requiere mirar más allá de los lugares preparados para el visitante. Significa observar cómo empieza el día, qué compra la gente en un mercado, dónde se reúnen los vecinos, qué se come habitualmente o cómo se relacionan las personas entre sí.

También significa escuchar.

Una conversación con alguien del lugar puede enseñarnos más sobre una sociedad que muchas páginas de una guía de viaje. No porque esa persona represente a toda una cultura —nadie puede hacerlo—, sino porque nos permite acercarnos a una experiencia concreta y real.

Y ahí está una de las grandes diferencias entre viajar para consumir un destino y viajar con curiosidad.

En el primer caso buscamos lugares. En el segundo, buscamos comprender.

Viajar puede hacernos cuestionar cosas que nunca habíamos cuestionado

Uno de los mayores valores de conocer otras formas de vivir es descubrir que muchas cosas que consideramos normales no son universales.

La relación con el tiempo puede ser diferente. También la manera de entender el trabajo, la familia, la comida, la educación, el espacio personal o incluso aquello que significa llevar una buena vida.

Eso no quiere decir que debamos considerar mejor todo lo que encontramos fuera.

Tampoco significa que viajar elimine automáticamente nuestros prejuicios.

Podemos visitar veinte países y seguir viendo el mundo exactamente con los mismos ojos.

Pero una experiencia de viaje sí puede proporcionarnos algo importante: la posibilidad de poner nuestras ideas a prueba.

Quizá descubramos que algo que criticábamos tenía un contexto que desconocíamos. Quizá, por el contrario, confirmemos nuestra opinión después de haber conocido mejor la realidad.

Las dos cosas son válidas.

El crecimiento no consiste necesariamente en cambiar de opinión. A veces consiste simplemente en comprender mejor por qué pensamos como pensamos.

Hay aprendizajes que no aparecen en una fotografía

Las fotografías son una parte maravillosa de los viajes, pero no son el viaje completo.

Una imagen puede recordarnos una plaza, una montaña o una playa. Lo que difícilmente puede capturar es la sensación de estar allí.

El olor de un mercado por la mañana. El sonido de una estación. Una conversación improvisada. El sabor de un plato que nunca habíamos probado. La sensación de no saber exactamente dónde estamos y acabar encontrando el camino.

Son detalles pequeños.

Precisamente por eso suelen ser los que más recordamos.

Con el tiempo, los viajes dejan de ser una sucesión de lugares y se convierten en una colección de sensaciones.

Viajar también puede cambiar nuestra relación con el tiempo

Existe otra razón por la que sentimos que hemos vivido mucho durante un viaje.

Cuando todo es nuevo, prestamos más atención.

Nuestro cerebro registra más detalles porque no puede recurrir constantemente a la rutina. Un día lleno de experiencias nuevas queda más marcado en la memoria que otro compuesto por actividades repetidas.

Por eso, cuando regresamos después de dos semanas, podemos sentir que llevamos muchísimo tiempo fuera.

No es una ilusión completamente extraña: hemos acumulado una cantidad de recuerdos y referencias nuevas que hacen que ese periodo parezca mucho más extenso.

Quizá sea una de las cosas más valiosas de viajar en una época en la que muchas veces sentimos que el tiempo pasa demasiado deprisa.

Algunas experiencias terminan acompañándonos durante años

No todos los viajes cambian nuestra vida, y tampoco deberían tener que hacerlo.

A veces volvemos exactamente con las mismas preocupaciones con las que nos fuimos.

Pero incluso entonces puede haber pequeñas cosas que permanecen.

Una conversación puede despertar nuestro interés por aprender un idioma. Una comida puede llevarnos a descubrir una nueva cocina. Una persona puede hacernos replantearnos una idea. Un paisaje puede despertar el deseo de volver a la naturaleza. Una forma diferente de organizar el día puede hacernos pensar en nuestras propias prioridades.

Son cambios pequeños, pero pueden acumularse.

Porque crecer como persona no siempre ocurre mediante grandes decisiones. Muchas veces sucede de manera silenciosa, a través de experiencias que vamos incorporando a nuestra forma de entender el mundo.

Al final, acumulamos historias

Quizá la mejor forma de entender el valor de viajar sea pensar en nuestra vida como una biblioteca.

Hay libros que olvidamos poco después de terminarlos. Otros permanecen durante años.

Con los viajes ocurre algo parecido.

Hay destinos que recordamos simplemente porque fueron bonitos. Y hay otros que recordamos porque allí nos ocurrió algo, conocimos a alguien, superamos una dificultad o descubrimos una parte de nosotros mismos.

Son esos viajes los que adquieren un significado especial.

Porque no regresamos únicamente con recuerdos del lugar.

Regresamos con una historia que ahora forma parte de nosotros.

Y quizá por eso viajar tenga tanto que ver con vivir.

No porque tengamos que escapar constantemente de nuestra vida cotidiana, ni porque cuantos más países visitemos, más completa sea nuestra existencia. Viajar no es una competición y acumular destinos no equivale a acumular experiencias.

Se trata de algo mucho más sencillo.

Desde la agencia Viajar al Pacífico podemos verlo de primera mano. Muchos viajeros se van pensando en conocer un país, vivir nuevas aventuras y disfrutar de unos días diferentes, pero vuelven con mucho más. Vuelven con nuevas experiencias, conociéndose mejor a sí mismos, con el alma más llena y con la sensación de que todo lo que han vivido se va a quedar con ellos para siempre.

Viajar nos permite añadir capítulos a nuestra propia historia

Durante unos días podemos vivir de otra manera. Levantarnos sin saber exactamente qué nos espera, caminar por calles que nunca habíamos visto, conversar con alguien cuya vida probablemente jamás se habría cruzado con la nuestra y enfrentarnos a situaciones que, en casa, sencillamente no habrían ocurrido.

Después volvemos.

La maleta se deshace, las fotografías quedan guardadas en el móvil y poco a poco recuperamos nuestros horarios, nuestro trabajo y nuestras rutinas. Todo parece volver a su sitio.

Pero hay algo que ya no es exactamente igual.

Nos llevamos una conversación, una imagen, un sabor, una anécdota, una dificultad que conseguimos resolver o una pregunta que antes ni siquiera nos habíamos planteado. Algunas de esas cosas desaparecerán con el tiempo. Otras permanecerán durante años.

Y quizá ahí esté el verdadero valor de viajar.

No en poder decir que hemos estado en diez, veinte o cincuenta países. Tampoco en llenar un álbum de fotografías o en tachar destinos de una lista.

Está en todo aquello que añadimos a nuestra propia historia.

Cada viaje puede ser un capítulo. Algunas veces será un capítulo divertido; otras, impactante. Habrá viajes que simplemente disfrutemos y otros que nos hagan cuestionarnos cosas que creíamos tener claras.

Pero todos pueden dejar algo.

Los libros nos permiten vivir otras vidas durante el tiempo que permanecemos entre sus páginas. Viajar nos ofrece la posibilidad de hacer algo parecido, solo que con los pies en el suelo y con nosotros mismos dentro de la historia.

Quizá nuestra vida siga siendo una sola.

Pero cuantos más lugares conocemos, más personas encontramos y más experiencias nos permitimos vivir, más grande puede llegar a sentirse.

Porque viajar no consiste únicamente en conocer el mundo. También consiste en descubrir quiénes somos cuando salimos del mundo que conocemos.

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