La forma en que una sociedad trata a las personas mayores dice bastante sobre cómo entiende la edad, la familia y la propia organización de la vida. No existe una única relación entre vejez y prestigio. En algunas comunidades, la experiencia acumulada ha otorgado autoridad a quienes envejecen; en otras, la pérdida de fuerza física o de capacidad económica ha reducido su posición social. Incluso dentro de una misma cultura, estas percepciones han cambiado con el tiempo.
Por eso, hablar del trato a las personas mayores a lo largo de la historia no consiste en buscar una supuesta tradición universal de respeto o abandono. Las condiciones materiales, las estructuras familiares, las creencias religiosas y el papel que cada sociedad atribuye a la experiencia han influido en la manera de vivir la vejez. También lo ha hecho algo tan básico como la posibilidad de llegar a edades avanzadas.
La vejez en las sociedades antiguas
En las sociedades antiguas, llegar a una edad avanzada no era necesariamente sinónimo de ocupar una posición privilegiada. La supervivencia estaba condicionada por una elevada mortalidad infantil, enfermedades y unas condiciones de vida muy distintas de las actuales. Al mismo tiempo, quienes alcanzaban edades avanzadas podían conservar funciones sus funciones dentro de la familia y la sociedad.
En la Grecia clásica coexistieron visiones diferentes. La edad podía asociarse a experiencia y autoridad, pero también a una pérdida progresiva de capacidades. En Esparta, por ejemplo, la Gerusía estaba formada por hombres mayores de 60 años y desempeñaba funciones políticas relevantes. En otros contextos, la posición de una persona mayor dependía en buena medida de su capacidad para continuar participando en la vida económica y familiar. El historiador Moses I. Finley, en un estudio publicado en la revista Ageing & Society de Cambridge University Press, señala que en la Antigüedad clásica la atención a las personas mayores recaía fundamentalmente sobre la familia. También advierte de las limitaciones de las fuentes disponibles, procedentes en buena parte de la literatura y la mitología y, por tanto, muy condicionadas por la perspectiva de las clases acomodadas. Esto obliga a evitar una imagen homogénea de la vejez en Grecia y Roma.
La cuestión económica también era decisiva. En sociedades sin sistemas públicos de jubilación, una persona que dejaba de trabajar podía depender de sus familiares o de los recursos acumulados durante su vida. La edad, por sí sola, no determinaba su posición, sino que también importaban el patrimonio, el sexo, la clase social, la salud y el lugar que ocupaba dentro del hogar.
Familia, religión y transmisión de conocimientos
En muchas sociedades tradicionales, la familia ha sido la principal estructura encargada de sostener a quienes envejecían. Eso no significa que todas las familias hayan tratado de la misma forma a sus miembros mayores, pero sí que la vejez se desarrollaba habitualmente dentro de relaciones intergeneracionales más estrechas que las que caracterizan a buena parte de las sociedades urbanas contemporáneas.
La transmisión de conocimientos podía reforzar la posición de las personas mayores. El dominio de una actividad o una posición de poder dentro de la sociedad convertía la edad en una fuente de autoridad. En comunidades donde buena parte del conocimiento se transmitía oralmente, la experiencia acumulada podía tener una utilidad directa para las generaciones jóvenes. Las religiones también han contribuido a definir las obligaciones hacia padres y antepasados. El respeto a los mayores podía integrarse en normas familiares y jerarquías sociales, aunque eso no implica que la realidad cotidiana coincidiera siempre con el ideal establecido por una tradición.
En este punto resulta importante no confundir respeto simbólico con bienestar material. Una persona puede ocupar una posición de autoridad dentro de la familia y, al mismo tiempo, depender físicamente de otros para determinadas actividades. Del mismo modo, una sociedad puede rendir homenaje a la longevidad sin proporcionar necesariamente los recursos necesarios para afrontar la enfermedad, la pobreza o la dependencia.
El lugar de las personas mayores en las culturas asiáticas
En distintas sociedades de Asia oriental, la edad ha estado vinculada históricamente a las relaciones de jerarquía familiar y social. Las tradiciones influenciadas por el confucianismo concedieron una importancia especial al respeto hacia los padres y a la continuidad entre generaciones. Japón ofrece un ejemplo visible de cómo esas ideas han llegado hasta la sociedad contemporánea, aunque también han cambiado con la modernización y la transformación de las familias.
Una manifestación actual de esa valoración es el Día del Respeto por los Mayores, celebrado en Japón el tercer lunes de septiembre. La festividad nació en 1947 en una localidad de la prefectura de Hyōgo y se convirtió en fiesta nacional en 1966. Su sentido está relacionado con el reconocimiento de la longevidad y de la contribución de las generaciones mayores a la sociedad. Sin embargo, sería simplista presentar Japón como una sociedad en la que las personas mayores mantienen automáticamente una posición privilegiada. La urbanización, los cambios familiares, el aumento de la esperanza de vida y las transformaciones económicas han modificado las relaciones entre generaciones. Las personas mayores pueden conservar un papel importante dentro de las familias y, al mismo tiempo, enfrentarse a situaciones de soledad, dependencia o pérdida de participación social.
Algo parecido ocurre cuando se habla de otras culturas. Las ideas sobre respeto filial, autoridad o cuidado familiar pueden compartir ciertos rasgos, pero no determinan por sí mismas cómo vive cada persona mayor.
De la vejez familiar al cuidado institucional
La industrialización y la urbanización modificaron progresivamente la manera de organizar la vida familiar. El desplazamiento de población hacia las ciudades, la reducción del tamaño de los hogares y una mayor movilidad geográfica hicieron más difícil mantener algunos modelos de convivencia intergeneracional. A la vez, aumentó la capacidad de las sociedades para prolongar la vida. La vejez dejó de ser una experiencia relativamente minoritaria para convertirse en una etapa que afecta a una parte cada vez mayor de la población. Esto obligó a desarrollar desde pensiones a servicios sanitarios, residencias, atención domiciliaria y otros sistemas destinados a responder a necesidades que antes recaían principalmente sobre la familia.
La Organización Mundial de la Salud considera que los entornos en los que viven las personas influyen de forma importante en su salud, su acceso a servicios y las oportunidades que tienen durante el envejecimiento. Además, señala que la población mundial de 60 años o más pasó de unos 1.000 millones en 2019 y podría alcanzar los 2.100 millones en 2050. El envejecimiento demográfico obliga así a adaptar los sistemas de salud, cuidados, vivienda, transporte y planificación urbana. Este cambio no supone necesariamente que la familia haya dejado de desempeñar un papel importante. En muchos lugares, los familiares siguen siendo quienes proporcionan la mayor parte del apoyo cotidiano. Lo que ha cambiado es la combinación entre cuidado familiar, servicios profesionales y recursos públicos o privados.
También se ha transformado la propia idea de dependencia. Ya no se trata únicamente de quién puede trabajar y quién no. Las necesidades pueden aparecer en actividades cotidianas como desplazarse, asearse, preparar comida o mantener una vivienda adaptada. La atención se plantea cada vez más en términos de autonomía y calidad de vida.
Cómo ha cambiado la imagen social de la vejez
Durante buena parte de la historia, cumplir años podía significar acumular autoridad, pero también quedar expuesto a una dependencia creciente. En la actualidad conviven ambas percepciones. Por un lado, se reconoce el valor de la experiencia y se reivindica una vejez activa; por otro, persisten estereotipos que relacionan edad con incapacidad, fragilidad o falta de participación.
Como se explica desde Cuidaria, no todas las personas mayores necesitan el mismo tipo de apoyo ni todas viven la vejez de la misma manera. Algunas mantienen una autonomía completa durante décadas; otras necesitan ayuda para determinadas tareas; otras requieren cuidados continuados. El entorno físico, así como las relaciones sociales y los recursos, pueden ampliar o limitar esa autonomía.
La consideración social de la vejez nunca ha sido completamente estable y las sociedades construyen constantemente distintas formas de definir quién merece autoridad, quién debe cuidar y quién necesita ser cuidado. Esas ideas han dependido de sus valores, pero también de sus posibilidades materiales.
Una relación que sigue cambiando
La manera de tratar a las personas mayores ha pasado de modelos centrados principalmente en la familia y la comunidad a sistemas en los que intervienen también instituciones sanitarias y recursos especializados. El cambio no ha eliminado las responsabilidades familiares ni ha hecho desaparecer las diferencias culturales, pero sí ha ampliado las posibilidades de respuesta ante el envejecimiento.
Mirar hacia atrás permite entender que no existe una única forma correcta de vivir la vejez. La autoridad de los ancianos en determinadas sociedades, el cuidado familiar en otras o la aparición de sistemas institucionales en las sociedades contemporáneas responden a contextos diferentes. El reto actual consiste en que el aumento de la longevidad vaya acompañado de condiciones que permitan conservar autonomía, relaciones sociales y participación. Envejecer no significa únicamente acumular años, también implica atravesar una etapa de la vida cuya experiencia está determinada por la salud, el entorno, los vínculos y el lugar que la sociedad concede a quienes la atraviesan.