La cultura del emprendimiento desde un coworking se expande en España

Emprender en España ya no está necesariamente ligado a disponer de una oficina propia desde el primer momento. Para un número creciente de profesionales, iniciar una actividad significa buscar un entorno que permita trabajar con flexibilidad, controlar los gastos iniciales y, al mismo tiempo, mantener una relación presencial con otros profesionales. En este contexto, los espacios de coworking han pasado de ser una solución relativamente minoritaria para autónomos y trabajadores independientes a formar parte de la transformación que está experimentando el mercado de oficinas y el propio ecosistema emprendedor.

Los datos del mercado muestran que no se trata de una tendencia puntual. El coworking y las oficinas flexibles continúan ampliando su presencia en España y, además, el crecimiento está llegando a ciudades que hasta hace pocos años tenían un peso mucho menor en este segmento. Según CBRE, durante 2024 se contrataron en España más de 25.500 puestos de trabajo flexibles, un 15% más que el año anterior. Madrid y Barcelona concentraron cerca del 90% de la contratación, aunque Valencia, Málaga, Sevilla, Palma y Alicante también registraron una actividad significativa.

La evolución resulta todavía más llamativa cuando se observa el número de espacios disponibles. El informe sobre el estado del coworking en España 2025-2026 sitúa en más de 1.000 los espacios activos en el país y calcula una superficie conjunta superior al millón de metros cuadrados. El crecimiento del sector evidencia que cada vez existe una mayor variedad de lugares en los que desarrollar una actividad profesional sin recurrir al alquiler convencional de una oficina.

Esta transformación está estrechamente relacionada con los cambios que ha experimentado la manera de emprender. Una empresa que comienza su actividad puede necesitar solamente un puesto de trabajo y una sala donde reunirse con clientes. Si posteriormente incorpora trabajadores, puede requerir más espacio. Y si el proyecto cambia de rumbo o reduce temporalmente su estructura, también puede necesitar disminuir sus necesidades físicas. Los contratos y formatos flexibles permiten adaptar el espacio a esas circunstancias sin que la infraestructura se convierta en una carga difícil de modificar.

El fenómeno resulta especialmente relevante para los autónomos y las pequeñas empresas, que constituyen una parte fundamental del tejido empresarial español. Para estos profesionales, los costes asociados a una oficina pueden representar una proporción considerable de los recursos disponibles durante los primeros meses de actividad. Compartir instalaciones permite transformar un gasto fijo elevado en un coste más ajustado a las necesidades reales del negocio.

Sin embargo, reducir el coworking a una cuestión económica sería quedarse en la superficie del fenómeno. Su expansión también está relacionada con una nueva concepción de las relaciones profesionales. En un espacio compartido pueden coincidir personas que trabajan en actividades completamente diferentes y que, precisamente por ello, pueden encontrar oportunidades de colaboración que no surgirían dentro de una oficina ocupada exclusivamente por trabajadores de una misma compañía.

La proximidad física favorece intercambios que van desde una recomendación profesional hasta la creación de una colaboración empresarial. Un emprendedor especializado en marketing puede necesitar los servicios de un desarrollador, una pequeña empresa tecnológica puede buscar asesoramiento jurídico y un profesional dedicado al diseño puede convertirse en proveedor de otra empresa que comparte el mismo espacio. No todas estas relaciones terminan generando negocio, pero la posibilidad de establecerlas forma parte del atractivo del modelo.

La investigación académica también ha analizado esta dimensión. Un estudio realizado sobre organizaciones instaladas en diferentes espacios de coworking encontró una relación positiva entre colaboración e innovación empresarial y señaló que las alianzas desarrolladas entre los usuarios pueden influir en la evolución de los modelos de negocio. Esto ayuda a explicar por qué el coworking se ha consolidado como algo diferente de una simple oficina compartida.

Madrid y Barcelona continúan siendo los principales mercados españoles, tal y como nos apuntan los gestores de 080 Cowork, quienes nos cuentan que la concentración de empresas, universidades, inversores, profesionales especializados y actividades vinculadas a la innovación genera una demanda elevada de espacios flexibles. En 2024, ambas ciudades reunieron 22.300 puestos contratados, según los datos recopilados por CBRE. No obstante, el crecimiento de los mercados regionales está modificando progresivamente el mapa del coworking español.

Valencia es uno de los ejemplos más claros, puesto que durante 2024 fue la ciudad regional con mayor contratación de espacios flexibles, con 1.300 puestos. Málaga registró 815, Sevilla 455, Palma 321 y Alicante 312. La actividad de estas ciudades demuestra que la demanda ya no depende exclusivamente de los dos grandes polos económicos nacionales.

Málaga merece una consideración especial por la evolución que está experimentando como centro empresarial y tecnológico. La ciudad combina la llegada de profesionales internacionales, la presencia de compañías tecnológicas y una creciente actividad emprendedora con una demanda elevada de oficinas flexibles. Sevilla y Valencia presentan igualmente un comportamiento destacado, mientras que Palma se beneficia de la combinación entre actividad empresarial, profesionales que trabajan a distancia y atractivo internacional. En los mercados regionales, además, la ocupación de los espacios flexibles ha alcanzado niveles elevados.

El coworking también está modificando la relación entre emprendimiento y territorio. Una persona que quiere poner en marcha un negocio ya no necesita necesariamente trasladarse a Madrid o Barcelona para encontrar una infraestructura profesional adecuada. La existencia de espacios flexibles en ciudades de diferentes tamaños permite desarrollar proyectos desde otros lugares y mantener conexiones profesionales sin asumir los costes asociados a los principales centros empresariales.

Esta descentralización puede resultar especialmente importante para las ciudades que buscan atraer talento. Un profesional que trabaja para una empresa de otra comunidad autónoma o incluso de otro país puede residir en una ciudad determinada y utilizar un espacio de coworking como punto de conexión con su actividad profesional. Al mismo tiempo, puede terminar incorporándose al ecosistema empresarial local, contratar servicios a compañías de la zona o iniciar su propio proyecto.

El auge del trabajo híbrido está reforzando esta dinámica. El teletrabajo ha demostrado que determinadas tareas no requieren presencia permanente en una oficina corporativa, pero también ha puesto de manifiesto que trabajar exclusivamente desde casa no responde a las necesidades de todos los profesionales. Los espacios flexibles ocupan precisamente ese terreno intermedio entre el domicilio y la oficina tradicional. Los datos de CBRE muestran que la contratación de estos espacios continúa creciendo mientras el modelo de trabajo flexible se consolida.

También está cambiando el perfil de quienes utilizan estas instalaciones. El coworking ya no se dirige exclusivamente a freelancers que necesitan una mesa durante unas horas. Startups, pequeñas empresas, equipos de compañías consolidadas, consultores, trabajadores desplazados y profesionales que combinan teletrabajo con presencialidad forman parte de una demanda cada vez más heterogénea.

Esta diversificación está provocando que los espacios evolucionen. Algunos usuarios necesitan puestos individuales durante unas horas, mientras que otros buscan despachos para equipos pequeños durante meses. También existe demanda de salas para reuniones, espacios para encuentros profesionales y soluciones que permitan a una empresa aumentar temporalmente su capacidad. El concepto de oficina flexible se ha ampliado así hasta cubrir necesidades que antes estaban vinculadas casi exclusivamente al alquiler tradicional.

Para el emprendimiento, esta evolución tiene una consecuencia importante: disminuye la necesidad de realizar grandes inversiones iniciales en infraestructura. El capital disponible puede destinarse prioritariamente al desarrollo del producto, la contratación de personal, la captación de clientes o la tecnología. La oficina deja de ser necesariamente uno de los primeros grandes compromisos económicos que debe asumir una empresa recién creada.

Además, el entorno compartido puede contribuir a combatir uno de los problemas habituales de quienes trabajan por cuenta propia: el aislamiento profesional. Estar rodeado de otras personas que también desarrollan proyectos empresariales facilita conversaciones, intercambio de experiencias y acceso informal a conocimientos. No significa que un coworking garantice el éxito de un negocio, pero sí proporciona un contexto diferente al de trabajar completamente solo.

La propia evolución del sector demuestra que el modelo ha dejado de depender exclusivamente de emprendedores en sus primeras etapas. Las empresas consolidadas también utilizan espacios flexibles para cubrir necesidades temporales, abrir presencia en nuevas ciudades o disponer de puestos para trabajadores que no acuden diariamente a una sede corporativa. CBRE señala precisamente que la expansión del flex office está modificando el mercado inmobiliario de oficinas y que la demanda se está extendiendo por diferentes mercados españoles.

Por tanto, el crecimiento del coworking debe entenderse como parte de una transformación más amplia del emprendimiento y de la organización empresarial. El espacio de trabajo se está convirtiendo en un recurso que puede contratarse de manera progresiva y adaptarse al momento concreto de una empresa. Esta flexibilidad encaja especialmente bien con proyectos que todavía están definiendo su estructura y con profesionales que necesitan combinar autonomía con contacto presencial.

¿Cuál es el ahorro real de emprender en un coworking?

El ahorro que puede conseguir un emprendedor al trabajar desde un coworking no debería calcularse únicamente comparando el precio de una mesa con el alquiler mensual de una oficina. La diferencia económica real aparece cuando se contabiliza todo aquello que una empresa debe asumir para poner en funcionamiento un espacio de trabajo propio. Alquiler, fianza, suministros, mobiliario, conexión a internet, mantenimiento, limpieza y equipamiento tecnológico forman parte de una factura que puede ser considerable, especialmente durante los primeros meses de actividad.

En una oficina convencional, el alquiler representa solamente una parte del desembolso inicial. El propietario de un nuevo negocio debe disponer el espacio para poder trabajar y recibir clientes. Eso puede significar comprar mesas, sillas, armarios, iluminación, equipos de climatización o elementos necesarios para organizar las zonas de trabajo. Aunque algunas de estas inversiones se realizan una sola vez, afectan directamente al capital disponible para comenzar la actividad.

El coworking modifica esa estructura de costes porque buena parte de esos elementos ya están incluidos en la cuota. El emprendedor paga por utilizar una infraestructura que ha sido equipada previamente y evita tener que realizar una inversión inicial elevada. El ahorro, por tanto, no procede solamente de pagar menos cada mes, sino de reducir el capital necesario para poner en marcha la oficina.

La diferencia puede apreciarse especialmente en empresas que comienzan con una estructura muy pequeña. Supongamos un profesional que necesita una oficina para una o dos personas. Alquilar un inmueble independiente puede implicar una fianza, posibles garantías adicionales, gastos de acondicionamiento y la compra del mobiliario. Si el proyecto todavía no genera ingresos estables, inmovilizar varios miles de euros antes de comenzar a trabajar puede representar un riesgo considerable.

En un coworking, ese capital puede conservarse para actividades directamente relacionadas con el negocio. El dinero que no se destina a acondicionar la oficina puede utilizarse para desarrollar una página web, adquirir software profesional, realizar campañas comerciales, contratar servicios especializados o afrontar los primeros meses de tesorería. En una empresa recién creada, disponer de liquidez puede ser más importante que conseguir el alquiler más barato posible.

También existe un ahorro asociado a los suministros. Una oficina independiente necesita electricidad, agua, conexión a internet y, dependiendo del inmueble, determinados servicios adicionales. En un espacio compartido, estos costes suelen formar parte de la cuota o se gestionan de manera conjunta. Esto permite conocer con mayor precisión cuánto cuesta disponer del lugar de trabajo cada mes y reduce el riesgo de que aparezcan facturas adicionales difíciles de prever.

La climatización es otro gasto que puede pasar desapercibido al calcular el coste de una oficina. Mantener una temperatura adecuada durante todo el año supone consumo energético y requiere disponer de equipos correctamente dimensionados. Cuando el inmueble es utilizado por una sola empresa, esta asume directamente ese coste. En un espacio compartido se distribuye entre los diferentes usuarios y forma parte de una estructura de gastos común.

Lo mismo ocurre con la limpieza y el mantenimiento. Una oficina propia necesita ser limpiada periódicamente y cualquier avería relacionada con determinados elementos del espacio puede generar un gasto inesperado. En un coworking, estas tareas forman parte habitualmente de los servicios asociados al funcionamiento del centro. Para un negocio pequeño, trasladar estos costes a una cuota fija puede facilitar la planificación financiera.

Existe además un coste económico relacionado con el tamaño. Una empresa que alquila una oficina convencional debe decidir desde el principio cuántos metros cuadrados necesita. El problema es que esa previsión puede quedar obsoleta rápidamente. Si el negocio crece, el espacio puede resultar insuficiente; si las previsiones no se cumplen, una parte del inmueble permanece infrautilizada.

En cambio, el coworking permite contratar una capacidad más próxima a las necesidades reales del momento. Para un autónomo puede ser suficiente un puesto individual, mientras que un equipo que incorpora trabajadores puede necesitar posteriormente un despacho de mayor tamaño. La posibilidad de ajustar el espacio evita pagar durante meses por superficie que todavía no se utiliza.

Este aspecto tiene una traducción económica especialmente relevante en proyectos con ingresos variables. Una startup que todavía no sabe cuántas personas compondrán su equipo dentro de seis meses tiene dificultades para determinar el tamaño adecuado de una oficina. Contratar menos espacio inicialmente reduce el riesgo de comprometer recursos en una infraestructura que después puede no necesitar.

También hay que valorar el coste de oportunidad del tiempo. Gestionar una oficina propia implica ocuparse de cuestiones que no generan ingresos directamente: contratar servicios, resolver incidencias, coordinar reparaciones, buscar proveedores o gestionar determinadas tareas administrativas relacionadas con el inmueble. Cuando estas responsabilidades recaen sobre el propio emprendedor, tienen un coste, aunque no aparezcan reflejadas como una factura.

Si un profesional dedica varias horas al mes a solucionar problemas de la oficina, ese tiempo deja de estar disponible para atender clientes, vender, desarrollar productos o buscar nuevas oportunidades. El ahorro proporcionado por un coworking puede encontrarse, por tanto, tanto en los gastos directos como en la reducción de tareas ajenas a la actividad principal.

El cálculo debe hacerse también teniendo en cuenta la duración prevista del proyecto. Para una empresa que necesita una ubicación durante muchos años y cuenta con una plantilla estable, una oficina tradicional puede terminar siendo económicamente competitiva. En cambio, para un emprendedor que está validando una idea, trabaja solo o prevé cambios frecuentes en su estructura, comprometerse con un inmueble puede resultar menos eficiente.

Por eso, no existe una cifra universal que permita afirmar cuánto dinero ahorra cualquier emprendedor utilizando un coworking. El resultado depende de la ciudad, el número de trabajadores, el tipo de espacio necesario, la duración de la actividad y los servicios incluidos. Una cuota aparentemente más elevada que el alquiler de una habitación u oficina pequeña puede resultar más económica cuando se suman todos los gastos que tendría que asumir el negocio por separado.

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